Romería de San Roque

Las carretas repartieron fruta para refrescar a las miles de personas que acudieron a Garachico para ver a San Roquito

Imagen de San Roquito, llegando ayer a su ermita | Foto: Víctor Hernández

Son las 14:30 horas y San Roque sale de la Iglesia de Santa Ana, en el casco de Garachico, camino de su Romería. Las más de 25 carretas engalanadas con hojas y flores esperan para dar comienzo al paseo del Santo Patrón, protector de la Villa. En el año en el que se cumplen los dos siglos de esta tradición, las folías y cantos a San Roquito se abren paso a lo largo de la calle principal animando cada rincón. Decenas de pequeños puestos caseros empiezan a abarrotarse de devotos que esperan al Santo mientras cantan y festejan el día grande de este pueblo norteño.

En el día grande de las fiestas, el sofocante calor, como no se recordaba desde hacía años, obliga a los garachiquenses a incluir en el típico menú de romería, en el que no faltan las papas arrugadas, el pan con chorizo, el gofio, los higos o los chochos, frutas refrescantes como sandía o ciruelas de la zona. Los romeros también aprovechan los sombreros de sus trajes típicos para cubrirse del sol mientras acompañan con cantos la peregrinación.

No es extraño encontrar casas que mantienen sus puertas abiertas para todo aquel que quiera entrar durante la tarde a echarse un vaso de vino. Este es el caso de Conchita Yanes, que ya sea subida a una carreta o en casa, siempre reúne a su familia con motivo de esta Romería. “Es una de las más bonitas de la Isla y no se la pueden perder”, añade orgullosa esta garachiquense.

Frente a otras romerías, que adaptan su día de celebración a las fechas más propicias para la afluencia de gente de otras zonas, los habitantes de Garachico prefieren mantener su tradición y celebrarla siempre los 16 de agosto.

“Es nuestra principal fiesta y nos volcamos al máximo con San Roque, organizando y participando en lo que haga falta”, señala Álvaro Alonso, que acude como cada año acompañado por su familia y ataviado con el traje típico.

Ante la vista del Roque de Garachico, la imagen del Santo continúa descendiendo por la calle principal, convertida en el corazón de este festejo declarado de Interés Turístico Nacional. No obstante, es posible encontrar a muchos turistas que se acercan a la Villa, mientras desde las carretas los garachiquenses les ofrecen todo tipo de alimentos.

“La verdad es que este año la gente está participando muchísimo. Se han involucrado como nunca con la fiesta y eso hace que el pueblo esté más vivo”, comenta José Heriberto González, alcalde de Garachico. A pesar de los recortes sufridos este año debido a la crisis y a la carencia de fondos públicos, la recaudación popular hizo posible continuar con los actos en honor al Patrón. “Tal y como hiciera siglos atrás, San Roquito ha logrado unir este año a los garachiquenses ante una difícil situación en la que nos encontramos”, añade González.
Mientras la imagen de San Roque avanza hacia su ermita, los pétalos de rosa caen desde los balcones engalanados donde se sitúan muchos de los vecinos. En la mañana, la misa de los peregrinos había reunido ya a los más devotos. María José Baute afirma que se trata de algo muy importante para el pueblo, algo que “hay que vivir”.

Para algunos, el sentimiento de veneración por San Roquito ha llegado a convertirse en una base fundamental para sus vidas. Este es el caso de Raúl Rosales, vecino de la zona alta del municipio que, como cada año, le lleva un pan a los pies del Santo con su nombre en relieve. “Llevo más de 70 años siguiéndolo en cada Romería y cada misa. San Roque me ha dado tanto que es imposible terminar de agradecerle todo lo que ha hecho por nosotros”, afirma emocionado Raúl.

Aún así, algunos vecinos reclaman un mayor cuidado por las tradiciones. Las altas temperaturas hicieron que muy pocos romeros se enfundaran sus trajes típicos. Por el contrario, muchos recurren a un vestuario más veraniego, o incluso playero, que para los puristas de la fiesta no es el más apropiado.

Con la bajada hacia la parte final del recorrido, muchos romeros y peregrinos se agolpan a ambos lados de la calzada, a la espera de uno de los momentos más ansiados: la llegada de San Roque a la ermita. Allí aguardan los más devotos, que arropan al santo hasta que el resto de carretas finalicen su recorrido.

Una vez devuelta la imagen a su sitio en el interior del templo, da comienzo el baile de magos. La música empieza a sonar y los quioscos y bares de la plaza están repletos, mientras el Santo se guarece de la brisa marina que comienza a refrescar el ambiente de la villa norteña a la que protege desde hace más de cuatro siglos.

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