Jueves Santo

“Os doy un mandamiento nuevo; que os améis mutuamente como yo os he amado, dice el Señor” (Juan 13,34)

Santa Cena

Santa Cena | Foto: Jesús Manuel Martín Méndez
Santa Cena | Foto: Jesús Manuel Martín Méndez

El paso lo componen trece imágenes de vestir obra de Alonso de la Raya y Blas García Ravelo, realizadas en el Siglo XVII. A lo largo del tiempo este paso ha sufrido varias remodelaciones. El Cristo es obra del escultor orotavense Ezequiel de León.

REFLEXIÓN Evangelio según San Juan 13,1-15

El capítulo 13 del Evangelio de San Juan narra las palabras de Jesús en el cenáculo. Aunque San Juan omite el relato de la institución eucarística, probablemente porque a la hora de la composición de su evangelio ya era de todos conocida, por vivida en a fractio pañis, pone, en cambio, una serie de discursos de Jesús de gran importancia dogmática.

“Prólogo” introductorio a la pasión

San Juan, antes de narrar la humillación de Jesús en su pasión y muerte, antepone un pequeño “prólogo” en el que destaca la grandeza de Jesús; cómo Él es el único consciente de todos los pasos que da; cómo va libremente a la muerte; cómo tiene el dominio sobre todas las cosas y cómo, por amor a Dios y a los seres humanos, “salió” de Dios y “vuelve” así, triunfalmente por su muerte redentora, a Dios.

Es característico de San Juan el anteponer estos prólogos a determinados acontecimientos de Jesús para dar el profundo significado de ellos. Tal es la grandeza divina, que Juan quiere destacarlo

“Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, él, que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin”

Probablemente evocada por la Pascua y basada en un juego de palabras, está construida la frase introductoria: “sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre” precisamente “pascua” (pesah) significa tránsito o paso (Ex 12:11). Como, indudablemente, esta cena es la pascual, esta afirmación del Evangelio al decir “Antes de la fiesta de Pascua” crea una de las dificultades clásicas de la cronología de los evangelios, ya que resulta que Jesús celebraría la cena pascual con sus discípulos, no en la tarde del 15 de Nisán, la Pascua, sino el 14 de dicho mes.

“Durante la Cena, cuando el demonio ya había inspirado a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarlo, sabiendo Jesús que el Padre había puesto todo en sus manos y que él había venido de Dios y volvía a Dios”

Judas asiste a esta cena. Es decir la comida principal, hecha preferentemente hacia la noche. Precisamente la cena pascual comenzaba después de ponerse el sol del 14 del mes de Nisán, según el cómputo del día judío (Mt 26:20 par.). Por eso, cuando poco después Judas sale de allí, era de noche.

Judas tiene ya tramada la entrega y está comprometido en la pasión de Jesús. Con el cinismo del disimulo, para mejor lograr su objetivo, asiste a esta cena pascual; San Juan dice: “el demonio ya había inspirado a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarlo” Al vincular esta obra al demonio no pretende el evangelista hacer una exclusiva referencia literaria personificada en Satán. Para San Juan, la pasión es un terrible drama entre el reino de Satán, las fuerzas del mal, y Jesús, con su reino de Luz. Los seres humanos son los instrumentos de ese mundo satánico. Pero toda esta triple conjura, satánica, sanedrítica y de Judas, contra Jesús no era oculta para El. Es lo que San Juan se complace en destacar y anteponer a esta tremenda tragedia.

“Sabiendo Jesús que el Padre había puesto todo en sus manos” que es el poder conferido a su humanidad sobre todo lo creado, por razón de su unión hipostática, ya que la frase no puede entenderse de la divinidad: poner en sus manos todas las cosas no es darle el poder de la divinidad, sino poder sobre todas las cosas. (San Juan 3:35; 17:2). Si todas las cosas están en sus manos, también lo está Judas. Y si El no lo permitiese, ni el traidor podría entregarle. El libremente (San Juan 10:18) permite que el traidor le entregue, para así cumplir los planes del Padre. Porque sabe que precisamente llegó su hora, la hora que tanto deseó y a la que amoldó sus planes (San Juan 7:6; 12:23).

Sabe también, como se complace en destacarlo San Juan, el evangelista, que “que él había venido de Dios y volvía a Dios” Esta expresión alude, no a la generación eterna, sino a que el había venido del Padre por la encarnación y volvía, por la muerte y resurrección, al Padre, para ser glorificado con la “gloria que tuve cerca de ti antes de que el mundo existiese” (San Juan 17:5-24).

Además, la obra que va a realizar en esta hora es una manifestación también de amor insospechado a los seres humanos. Su obra de encarnación y de enseñanza fue obra de amor. Pero ahora dice el evangelista que, “como hubiese amado a los suyos, que estaban en el mundo, al fin los amó hasta el extremo (v.1b). Los “suyos,” contrapuestos al mundo en este contexto, no pueden ser los judíos (San Juan 1:10:11), ni acaso sean solamente todos los cristianos de entonces (San Juan 6:37.39).

Valorados en este contexto literario del cenáculo, se debe referir a los apóstoles (San Juan 17:6-9). En todo caso, el evangelista no quiere decir que la obra redentora de Jesús afecte sólo a los apóstoles: los que ahora se consideran en su “prólogo.” Poco antes se expuso la doctrina en la que se habla de la muerte redentora de Jesús (San Juan 10:15), que abarca también a todos los que no son del redil de Israel, es decir, los gentiles (San Juan 10:16).

San Juan hace ver cómo la muerte de Jesús es una prueba de su amor desbordado por los hombres. “Los amó hasta el extremo. La prueba suprema de este amor extremado la da precisamente con la realización de su pasión y su muerte.

El lavatorio de los pies

“Se levantó de la mesa, se sacó el manto y tomando una toalla se la ató a la cintura. Luego echó agua en un recipiente y empezó a lavar los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que tenía en la cintura”

Sólo San Juan relata esta escena. Y la introduce de una manera súbita. Dice que tiene lugar “mientras” cenaban. Jesús, para ello, se levantó del triclinio en que estaba reclinado, y se quitó las vestiduras. Esta palabra significa, en general, vestido, y preferentemente manto. Luego toma una toalla, eran de lino, lo suficientemente larga que permitía ceñirse con ella. Después echó agua en una jofaina, y comenzó a lavar los pies a los apóstoles, y a secárselos con el lienzo con que se había ceñido. Esta jofaina citada era la denominación ordinaria para usos domésticos, si no es que el evangelista quiere denominar con ella la jofaina propia para lavar los pies a los huéspedes. La toalla con que se los seca era del ajuar que allí había para el servicio.

Jesús aparece así con función de esclavo. En expresión de San Pablo, “tomó la forma de esclavo” (Flp 2:7). Los apóstoles, reclinados en los lechos del triclinio, tenían los pies, vueltos hacia atrás, muy cerca del suelo. La ronda de humildad de Jesús va a comenzar. Acaso ellos, presa de sorpresa, se sentaron en los lechos, en dirección de sus pies, por donde Jesús iba.

San Juan, esquematizando el relato, lo centra en la figura de Pedro, aparte del prestigio de éste a la hora de la composición de su evangelio, porque la escena con él fue la más destacada y la que prestaba una oportunidad anecdótica para hacer la enseñanza que se proponía. “¿Tú, Señor, me vas a lavar los pies a mí?” Estos dos pronombres acusan bien la actitud de Pedro. El, que había visto tantas veces la grandeza de Jesús, no resistía ahora verle a sus pies para lavarle el sudor de los mismos. Se negó rotundamente. Pero en aquella actitud de Pedro, aunque de vehemente amor, había algo humano censurable. Y hacía falta que Jesús le lavase y le enseñase algo. Pedro necesitaba someterse en todo a Jesús, lo que era someterse al plan del Padre.

Jesús le respondió: “No puedes comprender ahora lo que estoy haciendo, pero después lo comprenderás”. Esto que Jesús exige — lavar los pies — era algo misterioso, pues su hondo sentido sólo lo comprendería después. Como del Señor no se registra una explicación precisa en el cenáculo, se refiere a la gran iluminación de Pentecostés, en que el Espíritu les llevaría “hacia la verdad completa,” y con esas luces relatan, varias veces, haber reconocido, comprendido hechos y enseñanzas de Jesús después de esta gran iluminación.

“No, le dijo Pedro. ¡Tú jamás me lavarás los pies a mí!”.Pero aquella terquedad de Pedro lleva una seria amenaza. Jesús le respondió: “Si yo no te lavo, no podrás compartir mi suerte”. Era la “excomunión.” La frase significa o no ser de su partido o no compartir una misma suerte. Mas “para quien ama a Jesús esta frase es irresistible”. Pedro, con la vehemencia y extremismos de su carácter, se ofreció a que le lavase no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza. Pero no hacía falta esto. Aquello era un rito misterioso y no necesitaban una purificación fundamental, pues todos estaban limpios juego de palabras que expresa a un tiempo la limpieza física y moral. Pero Jesús destaca ya la primera denuncia velada de Judas; éste no estaba puro. “Ustedes también están limpios, aunque no todos”

Después que Jesús terminó su ronda de limpieza, más de almas que de pies, pues aquello era una enseñanza, dejó su aspecto de esclavo y, tomando sus vestidos, se reclinó en el triclinio entre ellos.

Veladamente les va a hablar de lo que hizo, pues sólo lo podrán comprender después de Pentecostés. Jesús les dice “Ustedes me llaman Maestro y Señor, y tienen razón, porque lo soy”. Jesús es el Maestro y el Señor de todos. Así su lección es universal.

Dice Jesús: Si yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes”

Lo que hizo Jesús fue darnos un ejemplo de humildad por caridad. Esto es lo que debemos practicar: la humildad por caridad. Es lo que nos dirá muy pronto como un precepto nuevo: “que os améis los unos a los otros.” Jesús ha de ser nuestro modelo, nuestro gran y perfecto ejemplo, a El debemos mirar, para que nuestra vida se parezca a la suya, esto es copiando sus sentimientos, y haciendo todo lo de El nuestro, para ir pareciéndose a El, y así, hacer efectivo el sueño de Dios en nosotros, que seamos hombre buenos como su hijo Jesús.

Víctor Hernández Martín

Reseña Histórica

Carlos Acosta García | Foto cedida por: Francisco Gutierrez
Carlos Acosta García | Foto cedida por: Francisco Gutierrez

Quienes se dejan ganar su ánimo por el colorido, la espectacula­ridad y el número de imágenes que componen una procesión suelen afirmar que el Viernes Santo es el día de la mayor brillantez, dentro de los cultos externos de la Semana Santa de Garachico. Nosotros nos inclinamos por la austeridad, el silencio y el orden de la procesión nocturna del Jueves Santo. Antes ha habido cultos solemnes en Santa Ana. Y precisamente han sido esos cultos los que han ido preparando un ambiente de recogimiento, que propician la solemnidad de la procesión nocturna, que sale de la iglesia parroquial a las 9, con acompañamiento de las Cofradías del Santísimo y del Rosario.
Recorre la procesión un amplio trayecto, hasta la calle o plaza de Constanza de Ponte y, a su regreso, hace su entrada en la iglesia del convento concepcionista, donde se entonan, por parte de las monjas, unas piezas de música religiosa.
Hay unanimidad a la hora de señalar el autor de esta obra proce­sional. Se trata del escultor gomero Francisco Alonso de la Raya, dis­cípulo de Martín de Andújar. Es posible que en la tarea de crear al Cristo y a los apóstoles le sirviera de apoyatura su condiscípulo el garachiquense Blas García Ravelo. Ambos trabajaron juntos en el ta­ller del maestro y se acepta que, aunque la dirección y el principal trabajo fueran de Francisco Alonso, su compañero García Ravelo necesariamente hubo de prestarle una inestimable ayuda.
Hay que aclarar, sin embargo, que este paso de la Cena ha sufri­do transformaciones, que tuvieron lugar en la tercera década del presente siglo. Se hizo desaparecer el sitial bajo el que figuraba la imagen de Cristo, para el que se construyó una silla en talleres oro­tavenses y se sustituyó la propia imagen del Señor por otra de dimen­siones algo mayores, con el fin de darle un protagonismo físico sobre los apóstoles. Tal imagen de Cristo sufrió desperfectos, por lo que hubo de encargársele una al orotavense Ezequiel de León y que es la que figura actualmente presidiendo el paso, junto a los apóstoles, que son los mismos de siempre.
Estos apóstoles sufrieron también algún repinte en los años 30 y ya se sabe que esta tarea, necesaria muchas veces, lejos de mejorar las cosas, suele acarrear problemas de estilo. Sin embargo, estas imá­genes del trono de Garachico presentan buen aspecto, sin que, a cierta distancia, puedan observarse defectos serios, al menos para el gran público, aunque los especialistas en Arte suelen ser más exigentes, como es lógico, en esta labor de conservación.
El paso, en su totalidad, mantiene el encanto y lozanía de otras épocas, lo que demuestra que la restauración no obró efectos negativos. El doctor Martínez de la Peña, aunque lamenta los cambios sufridos por los pasos de la Cena de Icod y Garachico, opina que ésta sigue manteniendo sus virtudes de antaño:

«…resulta encantadora en cuanto a la cándida inge­nuidad con que, de forma simétrica, rodean los após­toles la mesa; figuras muy derechas, tan iguales, con tan cumplida postura, hasta las manos, todas descan­sando sobre la mesa, con las palmas hacia arriba en actitud de recibir el sagrado alimento».

Las palabras que anteceden, debidas a una personalidad como la del doctor Martínez de la Peña, retratan con fidelidad absoluta lo que es este paso procesional, que gana la atención del espectador preci­samente por estos detalles que quedaron apuntados, al margen de que hubiera podido sufrir esos cambios que dejamos apuntados y que son inevitables. Las imágenes se estropean con el paso del tiempo y no siempre resulta fácil encontrar restauradores de prestigio, espe­cialmente en épocas un tanto lejanas a nosotros.
Para Pedro Tarquis este paso es semejante al que Antonio de Olbarán hizo para la iglesia de los Remedios de La Laguna: “Pero nos parece superior en categoría artística éste de Garachico”. Opina el crítico que lucen aquí mejor las figuras, observándose, además, sus­tanciales diferencias entre cada uno de los apóstoles, según sus edades, mientras que en la obra de Olbarán -siempre según el crítico- hay más monotonía.

«El autor de la Santa Cena de Garachico… presenta cabezas talladas con más realismo. Son personas vis­tas en el natural. Trata de caracterizar cada uno de los discípulos, inquietud que falta en Antonio de Olba­rán… quien aparece rutinario».

Afirma finalmente Tarquis que la imagen menos logradas la de Cristo y que el autor no consiguió sus propósitos de ofrecernos al Divino Maestro en un tono elevado sobre la humildad evidente de los Apóstoles.
Como si la opinión del crítico hubiera podido tener influencias en otras personas directamente relacionadas con la organización de los cultos de Garachico, el Cristo de la Cena -ya lo hemos dicho- fue sustituido, pero quien desee conocerlo y establecer comparaciones con el de Ezequiel de León, puede hacerlo porque cada día figura expuesto al público, muy cerca de la pila bautismal de mármol y alabastro que regaló a su pueblo don Pedro de Ponte y Llarena, primer conde del Palmar, Gobernador de Gante y Capitán General de Canarias.
El paso de la Cena de Garachico tiene una historia de muchos siglos. Una historia que intentaremos resumir aquí, simplemente para que se tenga noticia de su antigüedad y de las distintas versiones que po­drían darse de una misma circunstancia.
Junto a la del Cristo de la Misericordia es la de la Santa Cena la procesión más antigua del municipio. Para señalar sus posibles oríge­nes convendría recordar la fecha en que fue fundada la Hermandad de la Misericordia: 1556, año en que accede al trono de España Su Majestad el Rey Felipe II. Exactamente el día 8 de septiembre del citado año se reúnen unos vecinos de Garachico, bajo la dirección de Gabriel Hernández para verificar la fundación. Se aprueban luego las Constituciones y nos llama la atención uno de sus capítulos, en el que se señala a los miembros de la nueva hermandad la necesidad de preocuparse «acerca de la procesión del Jueves Santo por la noche».
La frase, dicha así, no aclara grandes cosas porque nadie sabe a qué procesión se refería la norma que hemos copiado textualmente. Sin embargo, 70 años después, el día 3 de enero de 1626, se crea en Garachico otra hermandad religiosa, que aún subsiste, y en cuyas cons­tituciones vuelve a hablarse de la procesión del jueves santo; pero aquí sí que se especifican los detalles, puesto que se afirma que se trata de un paso de la Santa Cena. Nos estamos refiriendo a la Hermandad del Santísimo Sacramento, aprobada por el obispo de Canarias, don Juan de Guzmán y confirmada por César Mondo, Nuncio Apostólico de S. S. en España, el 22 de junio de 1630.
Entre los acuerdos que toman los Hermanos, destacamos éste:
Que los Jueves Santos, a la oración, después de dichas las Tinieblas, se haga la procesión del paso de la Cena, que se empezó a hacer, con licencia del Sr. Obispo, en el año 1629.
Se deduce de cuanto antecede que hubo un paso de la Cena. Pero no puede ser el actual por razones cronológicas. Habría que constatar unas fechas que aparecen como contradictorias. El paso de la Cena que actualmente sale en Garachico la noche del Jueves Santo es obra, como se ha dicho, del escultor gomero Francisco Alonso de la Raya, afirmación que hacemos después de conocer el trabajo realizado por el Doctor Martínez de la Peña, a quien hemos citado anteriormente. Francisco Alonso talló sus imágenes en ausencia de su maestro, Martín de Andújar, aquel extraordinario imaginero andaluz que estableció su taller en Garachico antes de partir para América donde habría de desarrollar una amplia labor, no sólo en el campo de la escultura, sino también en el de la arquitectura.
Pero Francisco Alonso nació en 1619. O sea, que sólo tenía 10 años cuando la procesión de referencia recorría por vez primera las calles de Garachico. Por otra parte, el escultor había abandonado su isla de nacimiento, para establecerse en la localidad tinerfeña, en 1637. Son dos motivos más que suficientes, más que justificados, para afirmar que Francisco Alonso no pudo poner sus manos en el paso de la Cena que se menciona en los viejos manuscritos de Rodríguez Labrador y de la Torre Cáceres.
Ha de afirmarse, por lo tanto, que hubo antes del actual, otro paso semejante, del que no quedan vestigios. Y que la procesión del Jueves Santo de 1556 necesariamente sería una procesión de penitencia sin que hubiera un paso que desfilara por las calles garachiquenses, de­saparecidas también cuando, en 1706, el volcán borró sus huellas.
Sobre esa procesión de penitencia de que hablamos sabemos qué tenía una relación con los beneficiados de Santa Ana y San Pedro de Daute. Para hacer tal afirmación nos basta con la lectura de las dis­tintas normas que dejó establecidas el obispo don Antonio Corrionero en su visita pastoral de 1617. Una de las cláusulas dice textualmente:
Que el beneficio de la parroquia, con los beneficiados, o uno al menos, y los clérigos salgan a recibir al Callao del Puerto a la Cofradía de la Disciplina de San Pedro de Daute, que viene el Jueves Santo por la tarde a la parroquia de Sta. Ana, y les acompañará a la vuelta hasta el mismo paraje.
Se habla de una cofradía de la disciplina de San Pedro de Daute. No sabemos si había otra similar en Santa Ana o si sería la misma. Y no aparece, en las Constituciones, la más ligera alusión a un paso de la Cena, que, según dejamos apuntado más arriba, comenzó a salir en 1629, doce años después de estas normas dictadas por el obispo Co­rrionero.
Dando un gran salto hacia adelante en la narración, diremos que la conservación del paso en la actualidad es excelente, por lo que no se aprecia la necesidad de dar nuevos retoques en la encarnación de las figuras. En el trono sí que se han hecho algunas veces y de ello se encarga la Hermandad del Santísimo, que tiene a su cargo todo lo relacionado con este paso y su procesión por las calles, no sólo el Jueves Santo, sino en la Procesión Magna del Viernes.

Carlos Acosta García

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Sitio web ofrecido por WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: