De profesión, mis ignorancias (482) D. Carlos Acosta García

Carlos Acosta García | Foto cedida por: Francisco Gutierrez
Carlos Acosta García | Foto cedida por: Francisco Gutierrez

Mi artículo de hoy no sé si inclinarlo entre los gramaticales o entre los políticos. La situación me resulta un poco difícil de resolver porque ocurre que un político me ha llamado por teléfono para hablar conmigo… de gramática. Y no solo para hablar, simple y llanamente, sino para darme un buen tirón de orejas (merecidísimo, según él) porque en mi artículo 481 dejé de emplear la acepción principal de la palabra guarecer a la que dediqué otros significados que, según mi modesta opinión, son igualmente válidos.

Pero deseo aclarar antes una situación. Se guro que alguien piensa que un independentista (o nacionalista como a él le gusta llamarse) no puede (no debe) tener una amistad como la que mantenemos José Luis Concepción, que ha sido quien me ha llamado, y este servidor de ustedes, españolista convencido. O también “odioso españolista”, como dice alguien que no tiene otra palabra más elegante, más comedida, más educada para designar a quienes no tenemos su mismo punto de vista, su mismo modo de pensar. Yo sigo amando a España, a pesar de todos los pesares. O sea, a pesar de Rajoy o Rubalcaba, que tanto monta. José Luis, no lo es tanto. Sus razones tendrá. Pero a José Luis lo conozco desde que comenzó a publicarme algunos de mis libros en su imprenta, situada en La Cuesta. Allá por los años ochenta o noventa del pasado siglo. De todos modos, será mejor que dejemos este asunto de política de menor cuantía para hablar de lengua española. Y conste que no hablo en idioma guanche porque yo, pobre de mí, no lo domino.

Me dice José Luis que guarecer significa, sobre todo, salvar, cuidar, evitar que algo se estropee, se pierda, se muera… Le dije a mi amable comunicante que tales significados solemos emplearlos los garachiquenses -o muchos garachiquenses- en la palabra aguarecer, pero no en guarecer. Ni que decir tiene que la Academia no acepta lo de aguarecer, pero yo suelo emplearla. Me da igual que me llamen mago; no sería la primera vez.

He consultado el diccionario de canarismos del propio José Luis y veo que emplea los dos términos con igual significado. Luego entré de lleno en el de Marcial Morera y (¡Que si quieres arroz, Catalina!) dice lo mismo que su antecesor. Quien solo emplea guarecer y no aguarecer es mi amigo Antonio Lorenzo Ramos en el suyo. Lo que me sorprende es que Antonio es natural de Los Silos, a cinco kilómetros de Garachico. ¿Por qué no emplea la misma palabra que yo?, Pese a mi incurable españolismo, empleo voces como pipiolo, fonduco, morochos, jadario, trafullero… Volviendo a la palabra causante de estos comentarios diré que como canarismo me gusta más aguarecer. (La gallina aguareció los pollitos; no se le murió ni uno). Empleo guarecer cuando digo: “llovía torrencialmente y me guarecí en la cueva”. No puedo negar que soy canario, como soy español y como soy garachiquense.

Y, sobre todo, me digo: Si en la Academia, señores como don Arturo Pérez Reverte y don Manuel Seco, que tienen sillón propio en la docta Casa, se van por el camino que se les ocurre, aunque la Academia les haya señalado el suyo, ¿por qué no puedo hacer yo lo mismo? Será porque la silla mía, la que utilizo un día y otro, es de rejillas.

Aunque no suelo utilizarla en mi vocabulario diario, me gusta mucho la palabra seguranza. Sé que se debe decir seguridad. Pero seguranza suena muy bien. A mí, al menos. Lástima que no la hayan acogido como buena los señores de la Academia.

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