Domingo de Resurrección

” ¿Porqué buscáis entre los muertos al que vive?. No está aquí; ha resucitado. ” (Lucas 24,5-6)

Resucitado | Foto: Jesús Manuel Martín Méndez

Cristo Resucitado

Pertenece esta imagen a la Parroquia de Santa Ana, es obra del Siglo XVII, atribuida a Antonio de Orbarán. A lo largo del tiempo ha sufrido varias restauraciones. En épocas lejanas hacía recorrido procesional junto a la Virgen de Gloria que se custodia en el Convento de las Concepcionistas Franciscanas.

REFLEXIÓN San Juan 20,1-9

¡Ha resucitado!

A las mujeres que acudieron al sepulcro, la mañana de Pascua, el ángel les dijo: «No temáis. Buscáis a Jesús Nazareno, el crucificado. ¡Ha resucitado!». ¿Pero verdaderamente ha resucitado Jesús? ¿Qué garantías tenemos de que se trata de un hecho realmente acontecido, y no de una invención o de una sugestión? San Pablo, escribiendo a la distancia de no más de veinticinco años de los hechos, cita a todas las personas que le vieron después de su resurrección, la mayoría de las cuales aún vivía (1 Co 15,8). ¿De qué hecho de la antigüedad tenemos testimonios tan fuertes como de éste?

Pero para convencernos de la verdad del hecho existe también una observación general. En el momento de la muerte de Jesús los discípulos se dispersaron; su caso se da por cerrado: «Esperábamos que fuera él…», dicen los discípulos de Emaús. Evidentemente, ya no lo esperan. Y he aquí que, de improviso, vemos a estos mismos hombres proclamar unánimes que Jesús está vivo; afrontar, por este testimonio, procesos, persecuciones y finalmente, uno tras otro, el martirio y la muerte. ¿Qué ha podido determinar un cambio tan radical, más que la certeza de que Él verdaderamente había resucitado?

No pueden estar engañados, porque han hablado y comido con El después de su resurrección; y además eran hombres prácticos, ajenos a exaltarse fácilmente. Ellos mismos dudan de primeras y oponen no poca resistencia a creer. Ni siquiera pueden haber engañado a los demás, porque si Jesús no hubiera resucitado, los primeros en ser traicionados y salir perdiendo (¡la propia vida!) eran precisamente ellos. Sin el hecho de la resurrección, el nacimiento del cristianismo y de la Iglesia se convierte en un misterio aún más difícil de explicar que la resurrección misma.

Estos son algunos argumentos históricos, objetivos; pero la prueba más fuerte de que Cristo ha resucitado ¡es que está vivo! Vivo, no porque nosotros le mantengamos con vida hablando de Él, sino porque Él nos tiene en vida a nosotros, nos comunica el sentido de su presencia, nos hace esperar. «Toca a Cristo quien cree en Cristo», decía san Agustín, y los auténticos creyentes experimentan la verdad de esta afirmación.

Los que no creen en la realidad de la resurrección siempre han planteado la hipótesis de que se haya tratado de fenómenos de autosugestión; los apóstoles creyeron ver. Pero esto, si fuera cierto, constituiría al final un milagro no inferior al que se quiere evitar admitir. Supone, en efecto, que personas distintas, en situaciones y lugares diferentes, tuvieron todas la misma alucinación. Las visiones imaginarias llegan habitualmente a quien las espera y las desea intensamente; pero los apóstoles, después de los sucesos del Viernes Santo, ya no esperaban nada.

La resurrección de Cristo es, para el universo espiritual, lo que fue para el universo físico, según una teoría moderna, el Big-bang inicial: tal explosión de energía como para imprimir al cosmos ese movimiento de expansión que prosigue todavía, miles de millones de años después. Quita a la Iglesia la fe en la resurrección y todo se detiene y se apaga, como cuando en una casa se va la luz. San Pablo escribió: «Si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y crees en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvo» (Rm 10,9). «La fe de los cristianos es la resurrección de Cristo», decía san Agustín. Todos creen que Jesús ha muerto, también los paganos y los agnósticos. Pero sólo los cristianos creen que también ha resucitado, y no se es cristiano si no se cree esto. Resucitándole de la muerte, es como si Dios confirmara la obra de Cristo, le imprimiera su sello. «Dios ha dado a todos los hombres una garantía sobre Jesús, al resucitarlo de entre los muertos» (Hechos 17,31).

Víctor Hernández Martín

RESEÑA HISTÓRICA (No se cita el Autor, por no caer en el error)

Pocos pueblos de Tenerife cuentan para sus cultos de Semana Santa con una imagen de Jesús Resucitado. En Garachico, sin embargo, existe tal imagen desde tiempos muy lejanos. En las demás localidades, la procesión que sale a la calle el Domingo de Pascua es la del Santísimo Sacramento, que sale también en Garachico, como es lógico en un pue­blo católico, pero acompañando al paso, ya mencionado, de Cristo Triunfante.
Durante algún tiempo hubo serias prohibiciones por parte de las autoridades eclesiásticas para que, junto a Su Divina Majestad, pu­diera procesionar cualquier imagen. Suspendidas tales prohibiciones, ha vuelto a resolverse el problema con una sola procesión. En las dé­cadas de los 50 y 60 salía desde la parroquia, por la mañana, el Santísimo, haciéndolo por la tarde la imagen del Señor Resucitado. Pero mediada la década de los 60 se volvió a la unificación de ambas, que van por la mañana desde la parroquia hasta el convento, donde se celebra la Santa Misa, para regresar luego la procesión hasta la parro­quia matriz, en la que tiene lugar la principal función religiosa del día.
Cuando, en el pasado, el Cristo Resucitado hacía solo su desfile procesional, salía a su encuentro, desde el convento, la Virgen dé Gloria. Fue una moda pasajera. La Virgen no ha vuelto a hacer su anual salida hasta la más próxima esquina del edificio conventual para regresar inmediatamente a su lugar de origen. Era hermoso ver una imagen vestida con colores alegres, una vez alejado el negro de tantos días. La imagen, de autor desconocido, se guarda en el convento junto a otras también retiradas del culto.
No se conoce con exactitud la fecha en que la imagen del Resuci­tado llegó a Garachico. Por lo menos subsiste la confusión entre lo que es una función en el interior del templo y una procesión en la calle con una imagen a la que se le rinde culto externo. Sabemos, sin embargo, que esta procesión es, junto a la del Cristo de la Misericor­dia y a la de la Santa Cena, una de las más antiguas de cuantas. figuran en el amplio programa de cultos garachiquenses. Y de cuantas se ce­lebran en todo Tenerife. Para apoyar tal opinión tal vez valga este comentario, que hemos copiado de los apuntes de M. de la Torres extraído, a su vez, del manuscrito de Martínez de Fuentes, tantas veces aquí mencionado por su riqueza de contenido:

«En 1627 el capitán Francisco Núñez Barbosa y doña Catalina Bermeo de la Peña fundaron y dotaron la función y procesión de la Mañana de Pascua de Resu­rrección en esta Parroquia».

Se refiere, naturalmente, a la parroquia de Santa Ana. Pero estos datos no dicen que hubiera una imagen del Resucitado. Podría tratarse de la procesión del Santísimo Sacramento.
Pero la imagen que actualmente desfila en Garachico es., según opinión de Miguel Tarquis, obra de Antonio de Orbalán, a quien le fue encargada por el capitán Simón de Azoca, quien pagó por ella 800 rea­les, según se deduce del testamento del escultor, otorgado en 1671 en La Orotava.
Hay 44 años de diferencia entre esta fecha y 1627, cuando fue do­tada la procesión de la mañana de Pascua. Debe tratarse de una sola imagen para dos fechas lejanas en el tiempo. Y es, seguro, la que hoy sale por las calles de Garachico en el día final de la Semana Mayor. Lo que ocurre es que ha sufrido una serie de repintes poco afortunados a través de los años, porque el tiempo no perdona, y ahora se nos presenta sin ese tinte del pasado que suelen tener casi todas las que, día tras día, estuvieron sometidas a la curiosidad de los fieles en los templos y las calles de la Villa y Puerto.
La Procesión continúa. La imagen, también. Lo que no llegó a arraigar entre los fieles garachiquenses fue ese espectáculo dé la «quema del Judas» que alguien intentó llevar a cabo en el Domingo de Pascua de 1803, cuando se quiso imitar esta costumbre, tan arrai­gada en el Puerto de La Orotava, rival enconado, por otra parte, del casi desaparecido puerto de Garachico.
Tenemos noticia escrita de los pintorescos incidentes que se desa­rrollaron en tal fecha en Garachico, donde parecía haber dos bandos antagónicos: uno, preocupado de la celebración de tal número profano; otro, empeñado en que tal espectáculo no tuviera lugar.

«Ocurrió en el año 1803, en tiempo Próximo a Semana Santa, que algunos individuos partidarios de espectáculos ridículos pensaron sacar por suscripción un dinero para fabricar un figurón de Judas con objeto de quemarlo en la plaza en la mañana de Pascua de Resurrección, como se acostumbraba en algunos pueblos y aquí, en esta isla, es uso antiguo en el Puerto de La Orotava. Bajo este modelo se intentó hacerlo asi­mismo en Garachico, para lo que contribuyeron varias personas amantes de lo ridículo».

Pero el grupo de oponentes no estaba dispuesto a que tal figurón saliera a la calle en fechas tan señaladas, por lo que, entre bastidorés, preparó una especie de venganza contra los innovadores. Una ven­ganza incruenta -y positiva puesto que se trataba, al mismo tiempo, de hacer una obra de caridad, pero sin que el grupo contrario se enterara de lo que se estaba organizando ocultamente.

«Trabajábase en este caritativo destino por los amigos de los pobres y se decía a los interesados en el figurón que iba adelantando el asunto del Judas. Todos los ig­norantes del hecho de caridad lo esperaban en la mañana de Pascua. Amaneció ese día y habiendo ido a la plaza los curiosos del espectáculo, se hallaron con seis pobres vestidos de nuevo, llevando uno un soneto dirigido a reprender el uso del Puerto de La Orotava, y el mal destino que daban al dinero, y los otros, cada uno su octava aludiendo al hecho».

El soneto y las octavas, llenos de ingenuidad poética, son una crítica contra la localidad portuense. En aras de la brevedad no trae­mos aquí su contenido, pero sí lo hacemos con el primer cuarteto del soneto final, en el que se refleja el contenido de todas las demás composiciones:

«¿A qué fin, Orotava, ese dinero gastado inútilmente por vestir a una estatua que, ardiendo, haga reír cuando vestir a un pobre es lo primero?

Y finalizaba haciendo elogio del propio comportamiento, el seguido por los fieles de Garachico:

«Ha preferido dar con larga mano lo que a Judas vosotros, él a un pobre. En vez de a un figurón, vistió a un hermano».

Como puede observarse, el soneto no es una pieza literaria bri­llante. Tampoco lo son las octavas. Pero así fueron escritos. La ri­validad entre los puertos de Garachico y Orotava era evidente. La erupción volcánica de 1706 había terminado con uno. El marqués de Valhermoso, con su nefasta política, dio la puntilla a los dos. Ni en la Semana Santa parecían olvidase los antagonismos.
Aquí queda expuesto, con brevedad, lo que ha sido, a través del tiempo, el desarrollo de la Semana Santa de Garachico. Queda mucho camino por recorrer, sobre todo a la hora de catalogar imágenes para encuadrarlas en una escuela determinada. Conocer el nombré dé cada autor, de cada imaginero sí que resulta empresa poco menos que im­posible porque algunos archivos han desaparecido.
De todos modos podría hacerse, por personas especializadas, un estudio más profundo. Y, sobre todo, más en consonancia con la bri­llantez de una de las celebraciones religiosas más importantes de cuantas tenemos oportunidad de contemplar hoy en el Archipiélago.

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