Discurso pronunciado en el acto de GRAN CAPÍTULO XVI DE LA COFRADÍA DEL VINO DE CANARIAS por nuestro cronista José Velázquez

José Velázquez Méndez | Cronista Oficial de Garachico
José Velázquez Méndez | Cronista Oficial de Garachico

Señoras y señores, amigos todos. Constituye para este humilde cronista local un gran honor el pregonar el Vino ante el Gran Capítulo de la Cofradía del Vino de Canarias, que este año se celebra en esta Villa y Puerto de Garachico.

 Sin embargo, se trata de un gran atrevimiento por mi parte el hablar del vino ante un auditorio que conoce el tema mucho mejor que yo, y más teniendo en cuenta, según mi modesta opinión, que al vino hay que cantarle, porque el buen vino se pregona sólo.

 Dice la Biblia que fue Noé, el hombre destinado a salvarse del furor de las aguas, el descubridor del vino, invento no tanto del ingenio como de la casualidad. Fue asimismo Noé el primero que hizo un uso intensivo de este maravilloso líquido, bebiéndolo hasta caerse pletórico de “alegría”.

Desde entonces, los que se enteraron de este prodigio no pararon de cuidar la parra, con el fin de obtener de ella la uva y de ésta, el vino.

Los griegos y romanos, cuya avanzada civilización no se discute, aprovecharon las viñas plantadas por los etruscos para amenizar sus fiestas y honrar a sus dioses.

Los españoles, devotos de Baco, tienen sus leyendas, tradiciones e historia, regada con los mejores vinos y sus bodegas han servido de aulas para escribir amenas comedias y recitar las más inspiradas poesías.

 Cuando la isla de Tenerife se terminó de conquistar e inmediatamente se realizaron los repartos de tierras y aguas. Se dieron datas a distintos personajes que intervinieron en la empresa conquistadora con sus armas en la mano; también a los que pusieron las armas pero no lucharon y a los que participaron con dineros y vituallas.

 Entre las muchas datas que se dieron en los repartimientos, algunas llevaban por condición de que sus dueños debían plantar en ellas caña de azúcar y morales. Pero pasado el tiempo y antes de cumplirse el medio siglo del sometimiento guanche a Castilla, ya coexistía en la isla el cultivo de la caña con el de la vid y el moral.

 Según las cepas iban enraizando y transmitiendo a los caldos las características propias de nuestro terreno volcánico, los vinos canarios fueron ganando celebridad, y el vino, que no bastaba al principio para la escasa población tinerfeña, llenó más tarde las copas de mil brindis lejanos.

La mayoría de los autores que han tratado este tema, nos dicen que los sarmientos plantados en las islas realengas Canarias, durante los lustros inmediatamente posteriores a la conquista, procedían del Mediterráneo oriental, en especial las parras productoras del celebérrimo malvasía, aunque alguna otra variedad fuera trasplantada de distintos lugares de la Península.

 La vid encontró condiciones óptimas en el Archipiélago, tanto por lo que se refiere a clima, seco y soleado, como a las cualidades del suelo. “Porque los terrenos secos, ligeros, pedregosos, areniscos, mezclados de lavas desmenuzadas, y los que se levantan en cerros, lomas y laderas, son los que ordinariamente producen los mejores vinos”, nos explicaba Viera y Clavijo.

 La caña de azúcar, que generalmente se cultivaba en las zonas costeras, ante el superior rendimiento económico de la vid, fue paulatinamente desplazada.

En las Cortes de Madrid de 1573, se expone a Felipe II el abandono de la caña de azúcar y el floreciente estado del comercio del vino; y pedían al Soberano facilidades para dar salida a su producción.

 En la segunda mitad del siglo XVI, nuestros vinos habían conquistado el mercado americano, vendiéndose en el estuario de La Plata y en las poblaciones de Bahía y San Salvador; poblaciones portuguesas del recién descubierto Brasil, donde competían con los de Madeira por tener “más suave sabor y mejor color”.

 Nuestro insigne genealogista e investigador don Andrés de Lorenzo Cáceres, escribió en su obra Malvasía y Falstaff:

“Entre las canarias malvasías existe una especie de uva negra, de sabor dulce, untuoso y amoscatelado. Uvas que vendimiadas antes de madurar daban nuestro “Malvasía Verde”. Tal malvasía era un vino seco, competidor con el de las islas de la Madera y del de Jerez, su utilidad primera consistía en su fácil transporte a lejanas regiones sin deterioro de su calidad”.

 El vino se enviaba a Europa y América en barricas. Los primeros toneleros que llegaron a las islas venían de Portugal, Andalucía y del Alto Aragón. En Garachico hubo muchos talleres de tonelería, donde trabajaban maestros, oficiales y aprendices, curvando duelas y forjando arcos.

 En este puerto, hoy Villa y Puerto, formaron gremio los toneleros y nombraron por patrono a San Sebastián, si bien uno de sus cofrades, Luis Hernández, mayordomo de esta hermandad, sin abandonar nunca su fervor al Santo de las Saetas, hizo traer desde Sevilla la imagen de San Roque (a. 1583), donde los artesanos del tonel lo tenían por su abogado y protector. Curiosamente, por San Roque comenzaban las vendimias en la franja costera de esta isla.

 A principios de 1600, en la Isla Baja, todas sus haciendas estaban en plena producción vinícola; algunas de ellas con dos y tres lagares para prensar en la vendimia.

 Casi todo el vino que se exportaba por el puerto de Garachico procedía del embarcado por sus caletas (Puerto de Santiago, Buen Jesús en Buenavista, Interián, San Marcos y San Juan de La Rambla). De todas ellas y en pequeños barcos, les venían a los mercaderes asentados en Garachico los caldos que, una vez encascados y marcados con su identificación de dueño y lugar, eran embarcados en grandes navíos para los puertos Atlánticos de ambos hemisferios.

Con ello, los propietarios de los viñedos, Garachico y el Cabildo de la Isla, se beneficiaban. Estos últimos a través del impuesto del almojarifazgo que se aplicaba a las exportaciones.

 Pero llegaron las vicisitudes, en 1636 se anuncia que la economía insular estaba atravesando una dura crisis. Se afirmaba que de las más de 28 mil pipas de vino que se recolectaban en Tenerife, se llegó a descender a 12 mil, debido a las enfermedades de la vid y a las continua riadas, como la que hubo posteriormente en 1645, que no sólo dejó muertos y heridos en Daute, sino que surcó de barranqueras las laderas, arrastrando las tierras, viñas y árboles frutales hacia el mar.

 Pero verdaderamente la crisis se acentuó y estalló con el gobierno del Capitán General, Conde de Puertollano; especialmente en el puerto de Garachico, dando lugar en la madrugada del 3 de julio de 1666 al tan sonado “derrame del vino”, acción dirigida contra el monopolio y los desmanes que ejercía la compañía inglesa de vinos.

A raíz de estos incidentes, tanto la producción como la calidad de los caldos, cayeron en picado. En 1670, cuatro años después del derrame, el vino estaba “a dos reales el azumbre” y venía a salir el traído de España a real y medio, medio real más barato; y se decía del isleño que “era más vinagre que vino”.

Dentro de este cúmulo de factores desfavorables, en 1706 baja el volcán desde la llanura de Trebejo derecho a la población de Garachico. Sus lavas calcinaron campos, quemaron edificios y taponaron el puerto, emporio del comercio tinerfeño. ¡¡Ruina Total!!

 Los mercaderes y los hacendados abandonaron el lugar y se fueron a sitios más prósperos.

 A pesar de todo, muchos canarios lucharon y sostuvieron con paciencia espartana el declive de su comercio vinícola. Unos emigraron y otros se quedaron, quizá porque se les escapó el barco o porque no tuvieron fuerzas para subirse a él y abandonar la tierra de sus antepasados.

 Ante tal tesitura, en 1761 don José de Rojas, Corregidor y Capitán a Guerra de esta isla, haciendo uso de una Ordenanza de su Majestad el Rey, hacía saber a los alcaldes de las tres islas realengas, las que tenían parras, que prohibía la importación de vinos y aguardientes.

Venía a decir que los vinos canarios eran los únicos que daban esplendor a la sociedad, eran los que mantenían al culto divino, al estamento eclesiástico, al militar, al jornalero y a los demás oficiales de la administración.

Y concluía: la parra es la que detiene y mantiene en estas peñas a sus habitadores, que desterrados del mundo vivimos como presidiarios para conservar el dominio, la lealtad, la obediencia y el amor a nuestros legítimos monarcas“.

 Han transcurridos ya dos siglos y medio desde este Bando, y nuestras islas, las que antes producían vino y las que no lo hacían, van subsistiendo del vino, de los plátano, de las papas, de los invernaderos y del turismo.

 Las Antiguas haciendas como la de San Juan Degollado y Vinatea, junto con otras parcelas importantes de la comarca de Daute, están produciendo vino de gran calidad, vinos cuidados y mimados por enólogos, muchos de estos nacidos y criados en esta tierra.

 Tengo la firme convicción de que ningún canario puede concebir el actual paisaje de la isla sin sus viñedos. Paisaje humanizado que ha sido construido a lo largo de la historia por nuestras ascendientes con sudor e ilusión, porque como dice el dicho plasmado en muchos de los protocolos de los escribanos de Daute:

Viña hecha y casa puesta, nadie sabe lo que cuesta”.

 En la actualidad, la denominación de origen “Icoden-Daute- Isora” está elaborando excelentes vinos tintos, blancos y rosados que hacen las delicias de la buena mesa por su atractivo color, aroma y sabor.

 Mucho nos queda aún por caminar para llegar a la calidad, fama y aceptación de nuestros vinos de antaño, pero todo se andará. Para ello contamos con la ayuda de los técnicos, bebedores y abstemios.

 Y para terminar, desearles a los distinguidos e ilustres miembros del Decimosexto Gran Capítulo de la Cofradía del Vino de Canarias, que nos honran hoy con su asistencia, una feliz y agradable estancia entre nosotros.

Gracias a todos.

 Garachico 17 de noviembre de 2013

José Velázquez Méndez

Cronista Oficial de Garachico

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