De profesión, mis ignorancias (520) D. Carlos Acosta

Carlos Acosta García | Foto cedida por: Francisco Gutierrez
Carlos Acosta García | Foto cedida por: Francisco Gutierrez

Hasta hoy no he sabido lo que es un lector escapista. Y mucho menos lo que es un escritor escapista, pero acabo de enterarme porque a un señor, no sé si inglés o norteamericano, que se llama Noah Gordon, a quien acaban de hacerle una entrevista en XLSemanal , ha dicho: “Yo utilizo la ficción para escaparme del mundo. Si estoy enfermo, leo; si me duele algo, leo; si tengo problemas, leo. Soy un lector escapista” .

Pues bien: yo soy un escritor escapista. Escribo para olvidar mis problemas; escribo para no darme cuenta de mis fracasos, que son muchos; escribo para ignorar cómo van de mal las cosas en este mundo. Pero que me lean o no, ya es otro cantar. En mi pueblo, que yo sepa, me lee muy poca gente. El otro día escribí dos páginas completas, en “La Prensa” sobre el mar de leva en Garachico y cité a personas ahogadas y a otras que intentaron salvarlas. Pero ocurre lo siguiente:

Una señora me paró en la calle. Ese día estaba, otra vez, el mar embravecido (mi artículo, por lo que se ve, fue como una premonición) y creyó oportuno decirme: “Cuando el mar se pone así me acuerdo de mi primo, cuando se tiró al oleaje para salvar a unos extranjeros que…” . La detuve. La historia que pretendía contarme la señora la había narrado yo tres días antes, como acabo de decirles. Y citaba en mi trabajo al primo de la señora que me hablaba. Pero ella no se enteró. Ni leyó mi trabajo ni hubo una sola persona que le contara las cosas que yo había escrito. Pero no importa. También existe el reverso de la moneda. Vean ustedes:

Hace unos días me llamó ¡desde Pontevedra! un exalumno, a quien otro exalumno le habia enviado, desde Icod, un artículo mío en el que los nombraba por causas de un viejo examen de Lengua Española a que los sometí en su día .Me llamaban ahora para comentarlo. Ellos andan actualmente por los cincuenta años y tienen hijos de veinte. ¡El tiempo corre a una velocidad…!

Una mañana, hace ahora dos años, me llamó, a las 8 y 10-yo no me había aseado aún-una hija de don Enrique Azcoaga, Premio Nacional de Literatura en su día, exiliado en Buenos Aires en tiempos de Franco, crítico de Arte en la revista “Blanco y Negro” de Madrid… Yo lo había citado en uno de mis artículos semanales y como en Madrid eran las 9 y 10 tuvo su hija la oportunidad de leer mi trabajo antes que yo. Y me llamaba para darme las gracias por lo que yo opinaba de su padre como persona y como artista. Ella estaba a punto de llorar y yo tuve que animarla. Don Enrique y yo nos habíamos conocido en Garachico en ocasión de las inolvidables Jornadas Culturales que se inventó un día Lorenzo Dorta.

Otro día llamó a casa, también desde Madrid, un señor para mí desconocido, llamado don Juan Herrero Brasas. Como yo no estaba, prometió repetir la llamada dos horas después y cumplió su palabra. Hablamos largo y tendido. Y supe entonces que el señor Herrero Brasas es catedrático de Psicología en la Universidad de California. El buen hombre aprovechó unas vacaciones en Madrid para hablar conmigo por teléfono. Él había escrito un artículo en “El Mundo”, que se titulaba ” Economía y discriminación por edad”.. Yo me ocupé del contenido de tal artículo y mostré mi extrañeza por una frase que no me cuadraba. Alguien envió mi artículo a California y, aprovechando esas vacaciones en Madrid que ya cité, don Juan Herrero creyó oportuno llamarme para darme todo tipo de explicaciones. (Olvidaba decir que la llamada del catedrático español afincado en Estados Unidos se produjo en Julio de 2010, aunque no recuerdo el día exactamente). Don Juan demostró su gran humildad al llamar a un simple maestro de pueblo.

Sin llegar a tales alturas recibo, además, cartas y llamadas de Santa Cruz, La Orotava, Granadilla, San Juan de la Rambla, Las Palmas, Lanzarote…por una u otra cuestión. ¿Cómo voy a quejarme aunque no me lean en mi pueblo? Cada cual es cada cual.

He cumplido hace unos meses 84 años de edad. Pero voy a seguir escribiendo si Dios me lo permite. Dios es el centro de mi vida. Y yo, como les dije antes, soy un escritor escapista. Así que tengo que seguir escribiendo. Ustedes lo entienden, ¿verdad?

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