Religión y religiosidad en tiempos de zozobra

Religión y religiosidad en tiempos de zozobra

La Semana Santa de Garachico en el primer tercio del siglo XX

  La vida religiosa local iniciaría el conflictivo siglo XX con la figura señera del garachiquense Antonio Verde y León al frente de la parroquia matriz de Santa Ana. A este piadoso sacerdote, autor de una novena a la Virgen de Candelaria (1889) y de otra a san Roque (1900), le tocaría vivir uno de los períodos más intensos del debate histórico sobre la cuestión religiosa en España. Por entonces, la Constitución canovista, que desde 1876 oficializaba como única religión al credo católico, cuyo culto y ministros el Estado estaba obligado a mantener, garantizaba el control social y la influencia en la vida política de la Iglesia española. No obstante, los tres primeros lustros de la nueva centuria, que coinciden con la última etapa pastoral del cura Verde en Garachico y de su propia existencia, se caracterizarán por las propuestas secularizadoras de los gobiernos liberales, encaminadas, por ejemplo, a regular el matrimonio civil, ampliar la libertad de cultos o controlar y someter a las órdenes religiosas. Todas estas iniciativas legislativas modernizadoras, que lo único que pretendía era dejar clara la preeminencia del poder público estatal, disgustarán a la jerarquía católica española de entonces, aferrada a sus antiguos privilegios y temerosa de que su presencia institucional y en la vida cotidiana nacional se viera considerablemente mermada. La aprobación, en diciembre de 1910, de la denominada Ley del Candado, por la que se limitaba temporalmente la implantación de nuevas órdenes eclesiásticas, venía a reavivar el debate político sobre el problema religioso y a tensar aún más las relaciones diplomáticas con la Santa Sede. Por su parte, el anticlericalismo popular se mostraría más arcaico en sus manifestaciones, quedando reflejada su violencia durante los sucesos de la Semana Trágica de Barcelona, acaecidos a finales de julio de 1909 y que dieron lugar a la quema de numerosas iglesias y conventos. En este contexto de crispación político-religiosa, derivado de la puesta en marcha del proceso de secularización y de la reacción del movimiento católico frente al mismo, hay que situar la publicación,   a principios de octubre de 1911, en las páginas del periódico confesional Gaceta de Tenerife, del poema titulado “Al Santísimo Cristo”, obra del citado párroco de Santa Ana y arcipreste de Garachico, quien, haciéndose eco de los momentos que vivía el catolicismo en España y aludiendo a aquellos que según él excitaban los sentimientos “con toda clase de desórdenes”, hacía un símil con la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, culminando simbólicamente su composición poética con los siguientes versos:

(…)

Triunfaste, pues, muriendo, Redentor!

¡A ti gloria, a ti honor!

También tu Iglesia triunfa perseguida

¡¡La historia que decida!!…

Y si hoy dispara flechas de impiedad,

Coronas son que teje a la verdad.[1]

La imagen del Señor de la Columna volvió a recorrer las calles de Garachico, tras largo tiempo sin hacerlo, en la Semana Santa de 1911 (Foto C. Velázquez)
La imagen del Señor de la Columna volvió a recorrer las calles de Garachico, tras largo tiempo sin hacerlo, en la Semana Santa de 1911 (Foto C. Velázquez)

   Ese mismo año, la Semana Santa había tenido lugar hacia mediados del mes de abril y según las crónicas de prensa, fue grande el concurso de fieles a las funciones religiosas que tuvieron lugar en la Villa y Puerto, caracterizadas -se decía- “por la magnificencia del culto” . La novedad más importante fue la recuperación, para el Miércoles Santo, de la procesión del Señor de la Columna, paso que hacía tiempo había dejado de desfilar y que gracias a los desvelos de su mayordomo, Antonio Monteverde y Ponte, volvía “a recibir los públicos homenajes”[2]. Esta imagen de Cristo flagelado, que por esta época todavía se veneraba en la seráfica iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles, fue igualmente objeto, entre 1908 y 1915, de restauraciones patrocinadas tanto por el citado mayordomo como por el cura Verde y León. En estos años, Monteverde destacaría igualmente por su empeño en el mantenimiento y conservación del citado templo franciscano, que hacia finales de 1920 era de nuevo objeto de obras de reforma[3]. El eco del esplendor con el que al parecer se celebraron estos días santos, pronto desaparecería, pues apenas cuatro días después del Domingo de Resurrección, en la noche del 20 de abril de 1911, la comunidad parroquial se vería sacudida por el pavoroso incendio que redujo a cenizas la casa rectoral, ubicada entonces en la calle San Sebastián. En los bajos del edificio se hallaba instalada la farmacia de Tomás Domínguez Ballester, en cuyo laboratorio se originarían las llamas que amenazaron con propagarse a los inmuebles colindantes[4]. No tardó en afanarse el cura Verde en proyectar, ahora junto a la sacristía de la propia parroquia matriz y con fachada hacia la entonces plaza de la Constitución, un nuevo edificio que sustituyera al incendiado. En junio de 1912 solicitaba del Ayuntamiento la correspondiente autorización, supeditando el consistorio la misma a que previamente se levantara el frontis del solar ocupado por el edificio arruinado, “por el estado tan deplorable y antiestético” en que se hallaba. Cumplido el requisito municipal, el sacerdote garachiquense volvía a dirigirse a las autoridades locales en noviembre de 1913, esta vez con el apremio del obispo Nicolás Rey Redondo que, en su última visita pastoral, había ordenado la fábrica del nuevo inmueble sin demora, “por convenir así mejor al servicio de esta Parroquia y al bien de los fieles”, hermoseándose y beneficiándose además – según Verde y León- el aspecto público de la plaza principal[5]. Sea como fuere, lo cierto es que la nueva casa rectoral nunca se construiría. Los curas que sucedieron a Verde y León, a partir de su fallecimiento en noviembre de 1915, ya pasaron a residir en el número uno de la calle Norte, que serviría de residencia de los párrocos de Santa Ana hasta la primera década del presente siglo.  

     Por otra parte, el discurso laicista y modernizante con el que el Partido Liberal había comenzado el siglo XX quedaría reflejado en el Decreto de 19 de septiembre de 1901, rubricadopor el ministro de la Gobernación y que sometía a las órdenes religiosas a la Ley de Asociaciones de 1887. Su efectividad, sin embargo, sería contrarrestada con la Real Orden de 9 de abril del año siguiente que venía a legalizarlas en su totalidad. Enesta coyuntura se produciría, con fecha 10 de junio de 1902, la inscripción en el Registro de Asociaciones del Gobierno Civil de las hermandades existentes entonces en la parroquial de Garachico (Santísimo Sacramento, Nª. Sª. del Rosario y Nª. Sª. del Carmen) y diez días después se hacía lo propio con la comunidad de concepcionistas franciscanas de la Villa[6]. Por lo demás, la vida religiosa local seguiría su curso al margen de la radicalización de las propuestas secularizadoras que surgían en el ámbito político nacional y acompasado al ritmo pausado del devenirdel microcosmos garachiquense. No obstante, hubo algunos episodios en los que se reflejaría esa pugna entre los viejos derechos eclesiásticos y las nuevas obligaciones patrias. Al respecto, en mayo de 1904, el Ayuntamiento presidido por Paulino González de la Torre desautorizaba al obispo nivariense, en relación al permiso episcopal concedido a Catalina de León y Molina para construir, en el camposanto ubicado todavía en la antigua iglesia dominica, un sepulcro familiar, recordándosele al prelado que la autoridad eclesiástica carecía de facultades al respecto, pues las mismas correspondían “solo a la Municipalidad”[7]. Siete años después, a principios de 1912, la Dirección General de Contribuciones resolvía, a raíz del expediente instruido en su día por la alcaldía, a favor del consistorio para llevar a tributación, desde enero del año anterior, la parte del edificio conventual que ocupaba la comunidad concepcionista[8]. Cabe mencionar aquí que en dicho monasterio, entre 1905 y 1931, profesaron veinticinco religiosas, constando la comunidad en febrero de 1932, siendo abadesa sor Jesús María Santos González, de treinta monjas; habiendo ingresado la más veterana, que entonces lo era la reverenda madre sor María del Corazón de Jesús García Luis, el 4 de octubre de 1890.[9]

En 1929 se rescató la procesión del Señor del Huerto, adquiriéndose al parecer “tres Apóstoles y un Jesús” (Foto C. Velázquez).
En 1929 se rescató la procesión del Señor del Huerto, adquiriéndose al parecer “tres Apóstoles y un Jesús” (Foto C. Velázquez).

    Pese a todo, fueron numerosas, claro está, las muestras designificada catolicidad expresadas por las fuerzas vivas de Garachico en estos años convulsos. Así, por ejemplo, se constata, hasta al menos 1912, la compra por parte de la corporación municipal, “según costumbre antigua de este Ayuntamiento”, de aleluyas para repartir, el Sábado Santo, entre las religiosas del referido convento y “demás personas piadosas de este pueblo”[10]. En febrero de 1904 los munícipes se planteaban el empedrado de la calle San Sebastián, que se hallaba en mal estado, no solo por ser una de las vías de mayor tránsito sino también por pasar por ella “las procesiones religiosas”[11]. También   el consistorio seguía patrocinando festividades como la de Corpus y la del Santo Cristo de la Misericordia e incluso, en enero de 1916, llegó a solicitar, sin éxito, el cambio de nombre del municipio por el de Villa de San Roque de Garachico[12]. En junio del año siguiente se aprobaba la entronización, en la Casa Consistorial, del Sagrado Corazón de Jesús y en septiembre de 1918 las autoridades locales dejaban constancia de su gratitud por el regalo de la placa con la efigie de la citada advocación que sería colocada en la puerta interior de entrada del edificio corporativo[13]. Todo ello meses antes de que el propio rey Alfonso XIII inaugurara, el 30 de mayo de 1919, el monumento a la misma advocación en el madrileño Cerro de los Ángeles, donde el monarca leería la consagración de la España católica. En septiembre del año anterior, las autoridades civiles y eclesiásticas de Garachico habían llevado a cabo, “con toda ostentación”, el acto de bendición del nuevo cementerio municipal, “poniéndosele por nombre Santo Tomás de Villanueva”[14]. Una década después, las muestras de colaboración entre las autoridades civiles locales y la Iglesia continuaban sucediéndose. En este sentido, en agosto de 1929 el pleno municipal ratificaba un acuerdo de la comisión permanente, por el cual se ofrecía al obispo diocesano un solar en el barrio de Genovés “para construir la Iglesiade la parroquia recientemente creada” y antes de finalizar el año, a propuesta del alcalde Soler Torregrosa, se concedía una subvención de 300 pesetas para ayudar a costear las obras de mejora y decoración, estas últimas a cargo del pintor López Ruiz, que se ejecutaban en la capilla del Baptisterio de Santa Ana[15]. Años antes, en 1926, habían concluido los trabajos de remate de la torre de dicho templo, promovidos por el párroco Carlos Delgado y a cuya financiación contribuiría toda la sociedad garachiquense[16]. ¿Qué se podía esperar de un pueblo que, en un reducido espacio urbano, ubicado en una estrecha franja volcánica constreñida entre la mar y la montaña, logró concentrar, ya a finales del siglo XVII, dos iglesias, varias ermitas y cinco conventos de cuyos edificios se llegó a decir que eran más numerosos y espaciosos que los cuarteles de Gibraltar y más sólidos que los colegios mayores de Oxford?

    En cuanto a la celebración de la Semana Santa propiamente dicha, cabe precisar que en Garachico la misma cobrará realce en la segunda mitad de los años veinte, coincidiendo con la etapa dictatorial de Primo de Rivera, cuyo ascenso al poder, en septiembre de 1923, vino dado por la crispación social existente y la creciente inestabilidad de la vida política nacional. Ya en su manifiesto golpista el viejo general hacía referencia a las situaciones de impiedad que se vivían y a los atentados contra prelados. En la Villa y Puerto, sin embargo, los cultos de su Semana Mayor habían tenido lugar con la solemnidad característica y el ceremonial de costumbre, destacándose el entusiasmo puesto por el cura Cedrés al frente de “la vaticana parroquia de Daute, religiosa y pía como la primera”[17]. Con todo, será el año 1927 el que marque el verdadero resurgir de una celebración ya de por sí arraigada en Garachico. En ese año se llevaría a cabo el primer ensayo de lo que acabaría convirtiéndose en la procesión magna de la noche del Viernes Santo. En esta ocasión y por primera vez, formaron parte de la tradicional procesión del Santo Entierro todos los pasos que desfilaban en esos días, que fueron un total de diez. A partir de entonces no cesarán los empeños en pro del realce de la festividad y liderando los mismos estuvo Adriano Afonso Acosta, “el artista exquisito, alma de todas las iniciativas” y “patriota a toda prueba”, secundado por un no menos entusiasta Ángel Benítez Toledo, quienes apoyados a partir de 1928 por el nuevo párroco Hernández Quesada, encontrarán también en la clase dominante, con Antonio Monteverde y Conrado Brier a la cabeza, “magnánimos y católicos señores”, el apoyo financiero necesario, al que igualmente contribuyeron otros como Eugenio Hernández Bravo, que se convertiría en alcalde republicano en junio de 1931. Lo más relevante de estos años fue –según las crónicas de prensa que abundaron en ello- el rescate de antiguas procesiones y la adquisición de nuevas imágenes. Así, por ejemplo, en 1929 volvía a la calle el paso del Señor del Huerto, para el que -según parece- se habían “adquirido tres Apóstoles y un Jesús”[18]. En 1930 la Hermandad del Santísimo costeaba un nuevo paso de la Santa Cena y de él se decía que llamaría la atención “por sobrepujar mucho en arte y vistosidad al que hoy existe”. La misma cofradía estrenaría ese año 200 fanales confeccionados en Barcelona y también se recuperaba el paso del Señor de la Humildad y Paciencia, al que se le rendiría culto el Lunes Santo en el convento concepcionista desde donde saldría su procesión.[19]

En 1930 la Hermandad del Santísimo costeaba un nuevo paso de la Santa Cena (Foto C. Velázquez).
En 1930 la Hermandad del Santísimo costeaba un nuevo paso de la Santa Cena (Foto C. Velázquez).

    La culminación de todos estos esfuerzos se produciría en 1929, año señero para la Iglesia al quedar zanjada la denominada cuestión romana, latente, a raíz de la unificación de Italia, desde 1870. El 11 de febrero había tenido lugar la firma, en Roma, de los Pactos de Letrán, por los que, entre otras prerrogativas y concesiones, el Estado italiano reconocía al Estado vaticano y la soberanía papal sobre el mismo. Con tal motivo la diócesis tinerfeña llevaría a cabo acciones de gracias y su titular, fray Albino, pondría de relieve el alto significado del acontecimiento[20]. A finales de marzo celebraba Garachico su Semana Santa con el máximo esplendor, “extremadamente solemne, brillante y concurrida”, contando ya la procesión del Santo Entierro con dieciséis pasos. Las estadísticas, según los datos de los párrocos de San Pedro y Santa Ana y del capellán concepcionista, daban un total de 2.786 comuniones y cifraban en 148 los hermanos del Santísimo que acudieron a la procesión del Santo Entierro y en 126 los del Rosario. Se elogió también, “por su puntual asistencia a los cultos y procesiones”, la participación de la Cofradía de María de los Sagrarios Calvarios[21]. Fue tal el entusiasmo despertado en esta ocasión, que no se tardaría en plantear, dada la entidad adquirida por la celebración, la necesidad de contar con un engranaje organizativo capaz de afrontar los nuevos retos con la suficiente antelación. En este sentido, se pedía una mayor implicación no solo de las distintas asociaciones religiosas sino también de las entidades cívicas locales. Así se proponía que la Hermandad del Rosario se encargara de la procesión del Retiro del Viernes Santo y el Centro Obrero de la del Martes Santo, animando igualmente a la comunidad concepcionista a que patrocinara su propia función el Lunes Santo. Por otro lado se proyectaba la fundación de una cofradía para el paso del Señor del Huerto y la incorporación de nuevos pasos como el del Señor Predicador, Humildad y Paciencia y el Crucificado[22]. Al año siguiente, la crónica periodística de un devoto vecino de la capital tinerfeña no dejaba lugar a dudas sobre la fama que había logrado la celebración de la Pasión en la Villa y Puerto:

     “Los pueblos que, como la magnífica y laboriosa villa de Garachico, no vuelven la espalda a las doctrinas del Redentor de la Humanidad, y marchan fraternalmente unidos en el entusiasmo para el mayor esplendor de sus cultos, especialmente de los de Semana Santa, serán pueblos sobre los que Dios derramará siempre la felicidad y el progreso, todo lo que de venturas es apetecible en el orden moral y material de la vida.”[23]

     Con la proclamación de la II República el 14 de abril de 1931, nueve días después del Domingo de Resurrección, el Gobierno Provisional decretaba la libertad de creencias y cultos. Se iniciaba así el duro enfrentamiento Iglesia-Estado que caracterizaría al bienio progresista (1931-1933) dirigido por la conjunción republicano- socialista. Resurgía el ímpetu anticlerical, pero la declaracióndel nuevo régimen en Garachico, en la tarde del 15 de abril, se llevó a cabo de forma pacífica y de ello daría fiel testimonio la concepcionista franciscana sor Dolores Fernández del Castillo, quien, desde la quietud del claustro, al referirse a la actuación del ahora primer edil, José María Benítez Toledo, escribiría:

“…que por el tiempo que estuviera accidentalmente desempeñándolo [el cargo de alcalde], prohibía bajo las penas más severas, penas que estaba dispuesto a imponer, que nadie bajo ningún pretexto ni disculpa, como el de haber tomado algunas copas, etc. etc., faltara el respeto en lo más mínimo, de obra o de palabra a Iglesias, sacerdotes, religiosos o religiosas; ni que nadie , ni de día ni de noche, pasara dando vivas ni mueras, ni gritos por delante ni por los alrededores del Convento, pues estaba, como ya había dicho dispuesto a castigar con mano dura y que su palabra, estuvieran seguros, no era, de las que se lleva el viento.

     Efectivamente el pueblo se portó tan bien y con tanto orden, que precisamente esos días estaba dando una misión en la Iglesia Parroquial el Rdo. Padre Ogara Sacerdote Jesuita que comía y pernoctaba en el Hospital de este pueblo, que está a cargo de las religiosas Franciscanas del “Buen Consejo” y ni por casualidad le molestaron, y siempre le saludaban con respeto y atención.

   La Comunidad estaba haciendo tres días de retiro espiritual como preparación para la renovación de votos, que era el día 16; renovación que se acostumbra a hacer todos los años en nuestra Orden Seráfica, y que pudimos hacer, con la misma tranquilidad, que en los años anteriores.”[24]

También en 1930 se recuperaba el paso del Señor de la Humildad y Paciencia, que desfilaba ahora el Lunes Santo (Foto C. Velázquez).
También en 1930 se recuperaba el paso del Señor de la Humildad y Paciencia, que desfilaba ahora el Lunes Santo (Foto C. Velázquez).

    La euforia republicana, sin embargo, daría lugar más tarde a que el Ayuntamiento retirara del callejero municipal las denominaciones de carácter religioso, sustituyéndolas por otras que homenajearan a la República naciente aunque no se dudó tampoco en declarar día “de romería el 16 de Agosto, festividad de San Roque” y en rescatar las fiestas populares del Cristo[25]. Más polémica será, ya en junio de 1936, la decisión de establecer un arbitrio sobre el toque de campanas de las iglesias de la localidad, “con objeto de cortar en parte el abusivo procedimiento de los repiques largos”, acordándose limitar el horario y la duración de los mismos[26]. La Iglesia local, sin embargo, en un Garachico tímida y coyunturalmente republicano, llevaría a cabo su cruzada particular liderada por el sacerdote Hernández Quesada. En este sentido, a mediados de abril de 1933, se fundaba la Adoración Nocturna Española bajo la presidencia de Conrado Brier. Unos meses antes, hacia mediados de diciembre de 1932, se había establecido la Asociación de la Doctrina Cristiana, encargada de labores de catequesis; en mayo de 1935 quedaba constituida la Juventud Católica Femenina y poco después su sección masculina, anunciándose igualmente la creación de la Asociación Católica de Padres de Familia así como la organización infantil de los llamados tarcisios, “pequeños Cruzados de la Eucaristía”[27]. La Semana Santa, pese a las restricciones republicanas en cuanto a manifestaciones públicas de culto, siguió celebrándose en Garachico con la misma solemnidad de los años finales de la década anterior, en los que la celebración había recobrado auge. Todo ello con las obras de reforma del principal templo parroquial de la villa, comenzadas en el mes de febrero de 1935, en pleno desarrollo y patrocinadas, claro está, por los más destacados representantes de la oligarquía garachiquense[28]. El templo se reabriría al culto en marzo de 1937, con la Guerra Civil como telón de fondo y las noticias de los caídos “por Dios y por España” en el frente, que añadidas al sufrimiento de las familias que, desde el inicio mismo de la contienda fratricida, ya padecían las consecuencias de la represión con el encarcelamiento y desaparición de algunos de sus parientes, llevaron el dolor y el luto a muchos hogares, reflejándose, en el ámbito local, la dramática coyuntura que se padecía a escala nacional. Se recalcó entonces que mientras en otros lugares “se incendiaban y destruían templos”, en Garachico casi se podía decir que se había edificado uno que era “tal vez el mejor del Archipiélago canario”[29]. Ya en septiembre de 1936, a propósito de la reposición del crucifijo en las aulas de las escuelas públicas de la localidad, se había afirmado también que en la Villa, pese a los cinco años de laicismo republicano, todavía se conservaba la fe[30]. Finalizada la guerra, la Iglesia católica española, que había sido víctima de los extremismos izquierdistas, iniciaba ahora una nueva etapa de tranquilidad aunque en un país sumido en el silencio fatal de otra dictadura.

     A comienzos del siglo pasado, las voces más conservadoras del catolicismo patrio convenían en señalar que al siglo XIX, “en que tanto se trabajó para que la Religión fuese nada”, había que hacer suceder un siglo XX en el que la religión concluyera “por serlo todo[31]. En febrero de 1931, fray Albino, en su carta pastoral dirigida al clero y fieles de la diócesis nivariense venía a decir que el librepensamiento podía y debía ser moderado por los poderes públicos atendiendo al bien común y “en los países cristianos según las doctrinas y leyes de la Iglesia católica”[32]. Más sensato parece ser, por fortuna, el espíritu nuevo del actual pontífice, el bienaventurado y carismático Francisco, quien en su viaje apostólico a Brasil, atinadamente, abogaba “por la laicidad del Estado, que sin asumir como propia ninguna posición confesional, respeta y valora la presencia de la dimensión religiosa en la sociedad”[33]. Al fin y al cabo, como sentenciaba también el propio obispo fray Albino: “Cada época histórica tiene su rumbo…”[34]

CIRILO VELÁZQUEZ RAMOS

 [1] Gaceta de Tenerife, 3 de octubre de 1911.

[2] Gaceta de Tenerife, 20 de abril de 1911.

[3] Gaceta de Tenerife, 19 de octubre de 1920.

[4] Por estas fechas la vivienda, situada en solar que hoy ocupa la sede municipal de Servicios Sociales, no era la residencia del párroco titular de Santa Ana. El cura Verde vivía entonces en el domicilio familiar de la plaza de la Fuente, sirviendo la rectoral de casa habitación, por arrendamiento, del propio farmacéutico, cuyo negocio había sido dado de alta –según el registro municipal de la Contribución Industrial y de Comercio de 1911- el 3 de febrero anterior, apenas dos meses y medio antes de la quema del inmueble.

[5] Signatura 74 (1912-13) Fondo Histórico. Archivo Municipal de Garachico (en adelante AMG).

[6] Auxiliar del Registro de Asociaciones (borrador), 1847-1950, fol. 2 rto., Fondo Gobierno Civil de Santa Cruz de Tenerife, Sig. 2.3.2. Asociaciones, Archivo Histórico Provincial de Santa Cruz de Tenerife.

[7] Actas de Plenos. Sesión de 31 de mayo de 1904, AMG.

[8] Actas de Plenos. Sesión de 25 de febrero de 1912, AMG.

[9] Sig. 157/26, Fondo Administrativo, AMG.

[10] Por este particular el Ayuntamiento acordó pagar 15 ptas. en 1902, 38`75 en 1909 y 21 ptas. en 1912. Actas de Plenos. Sesiones de 15/4/1902, 20/4/1909 y 28/4/1912, AMG.

[11] Actas de Plenos. Sesión de 7 de febrero de 1904, AMG.

[12] Actas de Plenos. Sesión de 23 de enero de 1916, AMG.

[13]Actas de Plenos. Sesiones de 24 de junio de 1917 y 17 de septiembre de 1918, AMG.

[14] Tras las correspondientes autorizaciones gubernativas que permitían los enterramientos en la nueva necrópolis, la bendición del recinto tuvo lugar en la tarde del domingo 22 de septiembre de 1918. Años después, el 14 de mayo de 1944, se inauguraba y bendecía “solemnemente” la capilla del camposanto. Al día siguiente se celebraron en ella misas por los difuntos, asistiendo los vecinos “con profundo fervor religioso”. Por acuerdo plenario del día 17 siguiente, el Ayuntamiento adquiría de las monjas concepcionistas, por el precio de 1.500 ptas., la imagen del santo titular del cementerio, siendo las del Crucificado y la de san José, allí también colocadas, propiedad de la Parroquia de Santa Ana.

[15] Actas de Plenos. Sesiones de 26 de agosto y 24 de noviembre de 1929, AMG.

[16] Hespérides, 8 de agosto de 1926 y Gaceta de Tenerife, 16 de julio de 1927.

[17] Gaceta de Tenerife, 5 y 7 de abril de 1923.

[18] La Prensa, 7 de marzo de 1929 y Gaceta de Tenerife, 16 de marzo de 1929.

[19] Gaceta de Tenerife, 13 de marzo y 4 de abril de 1930.

[20] Gaceta de Tenerife, 3 de marzo de 1929.

[21] Gaceta de Tenerife, 4 y 30 de abril de 1929.

[22] Ibídem.

[23] Gaceta de Tenerife, 23 de abril de 1930.

[24]Manuscrito sobre datos históricos del Convento de Monjas de Nuestra Señora de la Concepción de Garachico, conservado en el propio monasterio, pp. 313-316.

[25] Actas de Plenos, Sesiones de 24 de junio y 2 de septiembre de 1931, AMG.

[26] Actas de Plenos, Sesión de 8 de junio de 1936. AMG

[27] Gaceta de Tenerife, 25 de mayo de 1935.

[28] Según la información aparecida en Gaceta de Tenerife, en su edición del 11 de marzo de 1937, la iglesia parroquial de Garachico había sido “restaurada y suntuosamente decorada por la munificencia” de los hermanos Mariano y Conrado Brier y Ponte. Al parecer las obras habían comenzado el 22 de febrero 1935 y se dieron por concluidas dos años después, el 27 de febrero de 1937. En los nuevos vitrales del templo quedará reflejado este patrocinio familiar, pues en los de la nave de la Epístola aparecen representados san José, san Mariano y san Sebastián, en honor a José Brier y Casabuena, su hijo Mariano y la esposa de este último, Sebastiana Bravo de Laguna. En la nave del Evangelio flanquean el vitral de san Roque los de santa Constanza y san Antonio de Padua, que vienen a honrar el desprendimiento de Constanza de Ponte y de su hijo Antonio Monteverde, cuyos restos mortales fueron inhumados en el propio templo en 1936.

[29] Gaceta de Tenerife, 11 de marzo de 1937.

[30] Gaceta de Tenerife, 13 de septiembre de 1936.

[31] Bajo la firma del seudónimo Toniolo, en la edición del 15 de marzo de 1911, aparecía en Gaceta de Tenerife el artículo titulado “La voz de los maestros. Laicismo y catolicismo”.

[32] Gaceta de Tenerife, 26 de marzo de 1931.

[33] Discurso pronunciado por el papa Francisco en su encuentro con la clase dirigente de Brasil, el 27 de julio de 2013, en el Teatro Municipal de Río de Janeiro con motivo de la celebración de la Jornada Mundial de la Juventud.

[34] Gaceta de Tenerife, 4 de abril de 1931. Fray Albino González y Menéndez- Reygada fue obispo de Tenerife entre 1924 y 1946. Según los autores del libro –con presentación del obispo canariense Ramón Echarren- Obispos de Canarias y Rubicón, los sacerdotes Santiago Cazorla León y Julio Sánchez Rodríguez, fray Albino “tuvo una actuación poco comprometida en los años de la guerra y post guerra civil no denunciando los abusos y represalias políticas” (Colección Historia de la Iglesia en Canarias, Asociación Ediciones Históricas Canarias, EYPASA, Madrid, 1997, p. 552)

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