Semana Santa en Garachico por Carlos Acosta

Carlos Acosta García | Foto cedida por: Francisco Gutierrez
Carlos Acosta García | Foto cedida por: Francisco Gutierrez

Ningún pueblo que tenga sus miradas dirigidas hacia el futuro podrá olvidar que todo, absolutamente todo lo que existe actualmente, está basado en lo que ayer le legaron la tradición, el trabajo y el amor de sus antepasados. Están ahí, en el ayer, la levadura y la savia que van a servir para encarar con ilusión el futuro.

Tal ocurre, por ejemplo, con la vida religiosa que mantuvo firme la esperanza de los pueblos. Ver desfilar hoy, cinco siglos después, las procesiones de Semana Santa hace que necesariamente llevemos el pensamiento hacia un ayer lejano, muy lejano, pero que sigue latiendo en nuestros corazones como latió en otro tiempo en lo más íntimo de los corazones de nuestros abuelos.

No quiero caer en la pedantería de considerar la Semana Santa de mi pueblo como la mejor entre las mejores. Y es que, sobre la belleza y la brillantez de unos pasos y unas imágenes, ha de tenerse mucho más en cuenta la entrega y la devoción. Y esa devoción y esa entrega están vivas en todos los pueblos del que hemos llamado siempre orbe católico.

Pero tienen, eso es indudable, nuestras recoletas calles garachiquenses, nuestras iglesias y conventos, nuestro silencio… un especial hálito de devoción que a todos atrae, que a todos impresiona, que a todos conmueve.

Copio de un viejo artículo que escribí allá por 1977 estas sencillas palabras: “Desde la Casa de Pilatos hasta el Sepulcro, me parece estar viendo todos los pasos que dio el Redentor en su total entrega”.

Hoy todavía -y desde hace muchos, muchísimos años- podemos seguir diciendo: “Desde la parroquia hasta el Calvario; desde la Casa de Ponte hasta la iglesia parroquial parecen estarse viviendo también los pasos que Cristo recorrió desde la Casa de Pilatos hasta el Gólgota”. Aquí, en nuestro pueblo, siguen, como en el ayer lejano, las imágenes, los tronos, las luces, las flores… Unas flores, unas luces, unos tronos y unas imágenes que de nada valdrían si no estuvieran íntimamente unidas a la devoción de cada cual.

Nos queda, además, el consuelo de saber que, después de los días tristes, llegará el triunfal repique de la Resurrección.

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