De profesión, mis ignorancias nº 593 Carlos Acosta García

Carlos Acosta García | Foto cedida por: Francisco Gutierrez
Carlos Acosta García | Foto cedida por: Francisco Gutierrez

Suelo ver en televisión el concurso “Saber y ganar”, con el que aprendo no saben ustedes cuánto. Curiosamente hoy, el pasado día 8 de mayo no pude verlo y lo lamento muy de veras; de todos modos, he tenido la suerte de que un amigo, que no se pierde ni una emisión de tal programa, me contara su contenido. Se habló allí del famoso escritor alemán Günther Grass, lo que para mí significó una múltiple satisfacción. Porque, aparte del interés que todos -casi todos- sentimos a la hora de leer a un premio Nobel e, incluso en este caso, premio Príncipe de Asturias, hay detalles en la vida del escritor alemán que me han significado un motivo de curiosidad.

Ustedes saben que aquí, en este espacio, les he contado, más de una vez y más de dos, que me persiguen las casualidades. Pues bien: en el espacio a que vengo haciendo referencia he vivido (a posteriori si ustedes quieren) otra de estas casualidades que, a mí al menos, me ha servido para revivir una emoción pasada, pero que no he podido olvidar pese a los años transcurridos, unos ochenta más o menos.

Lo cierto es que Günther Grass hizo referencia en su libro “El tambor de hojalata” (ahora me dice mi amigo que tal vez fuera en el titulado “Pelando la cebolla”, pero es igual) a los inmensos peligros por los que corría y aún sigue corriendo este pobre planeta en el que vivimos, “gracias” a los inmensos adelantos de la Ciencia y a la total indiferencia que sentimos por muchos de los resultados que tales Ciencias nos regalan. Los humanos somos así: nos negamos a ver el lado negativo de las cosas porque solo nos importa, y mucho, el lado positivo. O sea que se pagan los adelantos a cualquier precio; y quede bien claro que no hablo de precios en dinero sino en negativos resultados.

Günther Grass, a quien creo que entrevistó una vez nuestro amigo Juan Cruz Ruiz, hizo en uno de los libros que he mencionado una afirmación que ya había hecho un señor de mi pueblo que ahora no está en el mundo de los vivos. Yo era un niño de pocos años, aunque ya me interesaba por muchas cosas que a todos nos atañen. Me contó don Paco Benítez que otro señor mayor que él, sin conocimientos escolares, sin cultura natural o adquirida, pero siempre pendiente de esto y de lo otro con lo que el mundo nos obsequia cada día vio pasar, por vez primera, un avión, un pequeño avión sobre el cielo de Garachico. Mientras todos los presentes hacían comentarios elogiosos del invento, el señor al que aludí antes y cuyo nombre era Juan Gutiérrez, solo acertó a decir: “De la civilización llegará un día la destrucción” . Nadie, absolutamente nadie hizo el más mínimo comentario sobre las palabras de don Juan. Pero sí le quedaron fijas, años y años, a don Paco Benítez, como me han quedado grabadas a mí y no con satisfacción, precisamente, sino con preocupación y hasta con pánico.

Como quiero ser absolutamente sincero, diré que cuando don Paco contó la anécdota a varios jóvenes, yo me reí; me había hecho gracia. A medida que el tiempo avanzó y la ciencia avanzó también con más prisas que quien esto escribe, me fui dando cuenta del valor, tremendo valor de las palabras de don Juan, semianalfabeto, según tengo entendido. La ciencia avanza y avanza. A cualquier precio, como ya dije antes. Y sin pararse ni un minuto a sopesar las posibilidades, gratas o ingratas, que tales adelantos podrían servir a nuestro desquebrajado planeta.

Solo se me ocurre pensar que no ha sido preciso que el señor Günther Grass nos recordara ahora la que se avecina. Ya lo había dicho antes un anciano de mi pueblo que, probablemente no asistió nunca a la escuela. Su inteligencia natural, de la que no se me ocurre tener la más mínima duda, le dictó al oído lo que debía decir. Lo dijo y ahí está. Vamos a ver si alguien es capaz -yo no lo creo- de poner freno al desenfreno.

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