Martín de Porres

Foto: Víctor Hernández

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Si pretendemos demostrar, por medios naturales, un prodigio debido al designio divino, este pierde al instante su condición portentosa, escribió el político y librepensador americano Robert Ingersoll. Aquí nos atenemos a relatar hechos y hablar de personas con nombre y apellido, advirtiendo, eso sí, la mágica e inevitable sensación de transitar por sendas de misterio. Desde hace días, una placa de cerámica recuerda que la Villa y Puerto de Garachico fue escenario de un milagro investigado y reconocido por la Santa Sede en el proceso de canonización del limeño Martín de Porres por el papa Juan XXIII el 6 de mayo de 1962. Sucedió que, en medio de los juegos infantiles, Antonio Cabrera Pérez-Camacho, a la sazón un niño de cuatro años, resultó gravemente herido en su pierna izquierda; los médicos que le atendieron en Santa Cruz determinaron la amputación del miembro ante la amenaza de la gangrena. La víspera de la intervención, la madre del pequeño colocó una estampa del beato peruano sobre la herida y, a la hora de llevarlo al quirófano, los facultativos notaron una mejoría inexplicable que, en pocas fechas, devino en absoluta curación. El Vaticano desplazó a Tenerife al Promotor de la Fe -y/o Abogado del Diablo-, que entrevistó a los testigos e investigó el hecho. Cumplidos los trámites y sancionado como milagro, éste fue “el segundo motivo portentoso” que determinó la subida a los altares del primer santo mulato de la Iglesia Católica. José Lucio de León, el dueño del solar “donde ocurrió el suceso con final feliz”, extendió la devoción de Fray Escoba por su pueblo y pidió a sus hijos que lo perpetuaran para conocimiento de las nuevas generaciones. Se cumplió al fin su voluntad y -en una ceremonia solemne y emotiva, notablemente concurrida de fieles, celebrada en la parroquia de Santa Ana y oficiada por su titular Domingo Miguel González- las dos familias evocaron la efeméride, hablaron el beneficiario del portento, Juan Manuel de León y el alcalde José Heriberto González, compartieron la emoción con sus vecinos y acompañaron a la procesión del dominico limeño -cuya imagen se venera en la iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles- por el corazón urbano. Esa tarde, algunos amigos me comentaron la inédita sensación de “convivir con naturalidad con situaciones que sólo aparecen en los libros”. Para gozar del aliciente de la fe o descartarlo, por convicción o tranquilidad, sólo cabe resolver la disyuntiva que planteó Albert Einstein: creer que no existen los milagros o creer que todo es un milagro y, como Walt Whitman, asumir cada hora del día y de la noche como absolutamente milagrosa, como una maravilla asequible a todos.

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